viernes, 21 de agosto de 2015

Las horas finales de Federico García Lorca

Las horas finales de Federico García Lorca



"El crimen fue en Granada", dijo sobre él otro poeta. La sombra que camina entre fusiles, la saeta que dibuja versos en cuadernos con flores, el hombre que defiende la causa de la República. ¿Cómo fueron las horas finales de Federico García Lorca? ¿Quiénes lo empujaron a su sentencia? ¿Cuántos callaron el crimen? ¿Quiénes lloraron su ausencia?

por Mariano Garrido
Revista Sudestada; año 8,  nº 80 - julio de 2009


I

Es España. Año 1940. Un testigo casual declara ante un magistrado. “En Granada a nueve de Marzo del mismo año siendo la hora señalada ante el Sr. Juez y ante mí el Secretario compareció el testigo Don Emilio Soler Fernández de esta vecindad; (…) dijo: Que el día veinte de Agosto de 1936, en ocasión que iba el declarante por la carretera de Víznar a Alfacar, paseando con su amigo Alejandro Flores Garzón, encontraron el cadáver de un hombre y acercándose y examinándolo observaron, sin duda alguna, al que en vida se llamó Don Federico García Lorca, el cual a juzgar por las heridas que presentaba, falleció en hecho de guerra. (…) Leída que le fue se afirmó y ratificó y firma con Su Señoría doy fe”.
España bajo Franco. Casi treinta y cinco años de dictadura por delante. La guerra ha terminado ya, y eso permite un mayor despliegue de cierta burocracia que intenta acomodar los papeles en ese nuevo escenario. Dos años y medio después de asesinado el poeta, era ya tiempo de extender oficialmente su certificado de defunción. La muerte a granel también tiene su expresión administrativa. Sellos, informes, listados y planillas la regulan y registran. Allí un osario común; por ahí una ejecución en masa; más acá un poeta fusilado. Por ahora no habrá de publicarse; certifíquese y archívese.

II
La historia termina mal, como es sabido. Y para peor, empieza por el final. Con un poeta asesinado. Está dicho: en esta historia la belleza de una azucena sucumbe ante un tropel de botas y sus pisotones marciales. En esta historia no triunfa el amor. En esta historia, tal vez de una manera manifiestamente absurda o patentemente real, toda la sensibilidad que cabía en un frágil poeta es atropellada y hecha añicos por un racimo de animales; por un puñado en el que estaba milimétricamente representado todo lo que en España había de primitivo, de tosco, de irracional. En esta historia triunfan de momento las Escuadras Negras de Falange, esa banda que detrás de su sadismo portaba la planificación maquinal y matemática de la muerte, el latrocinio, el sometimiento de las mayorías en beneficio de la España propietaria.
Está dicho: la historia termina mal, como suele ocurrir en la vida. Por eso, por ser vívida tragedia, está llamada a perdurar y ser recordada.

            III
Ha llegado el momento. Es España. Es 1936. Es febrero, día 9. Es domingo pero no se descansa. Es de noche. Y es hora. Un joven surge entre la multitud que come, bebe, fuma, conversa. Se erige entre la concurrencia. Logra con cierto encantamiento un silencio inimaginable en medio del banquete. “Partidos a quienes separan considerables divergencias de principios, pero defensores todos de la libertad y la República, han sabido sumar sus esfuerzos generosos en un amplio Frente Popular”. Lee con firmeza. No es un tribuno, pero sí un orador. “Faltaríamos a nuestro deber si en esta hora de auténtica gravedad política, nosotros, intelectuales, artistas, profesionales de carreras libres, permaneciésemos callados sin dar nuestra opinión sobre un hecho de tal importancia”. No es un actor profesional, pero sí un gran conocedor de lo escénico: sabe atraer con justeza la atención del público. Lee sin exagerar. No hay impostación en sus palabras. Tono ecuánime, pulso certero. “…buscamos que la libertad sea respetada, el nivel de vida ciudadano elevado y la cultura extendida a las más extensas capas del pueblo”. La concurrencia aplaude. A su lado, Rafael Alberti, joven poeta y reconocido militante comunista de la cultura, lo saluda. El orador se sienta y retribuye abrazos y felicitaciones. Hay cierto entusiasmo en el ambiente. El momento de España y del mundo se muestra como decisivo. Y Federico, que acaba de leer un manifiesto convencido de lo que leyó, no se desentiende ni de ese momento, ni de su España, ni de su mundo. Ha llegado el momento[1].

IV
Desde una visión cómoda del arte, muchas voces se han levantado y se levantan en pos de concebir lo artístico como algo extraño (o hasta opuesto) a la lucha social o a la búsqueda de justicia. Sin ser un militante partidario, Federico García Lorca supo entreabrir las ventanas de su teatro y su poesía a los ecos que venían de la calle. En su obra dejó lugar para que se cobijaran ritmos y cantos populares, reminiscencias y alusiones a lo gitano, canciones y paisajes andaluces. No era Lorca un folklorista: cabe señalarlo como poeta refinado. Se nutría de lo popular, y lo incorporaba a su obra de manera estilizada, recreado plásticamente. Su mundo gitano tiende menos a lo costumbrista que a lo maravilloso (“…Con la sombra en la cintura/ella sueña en su baranda,/verde carne, pelo verde,/con ojos de fría plata”). Pero en su exquisitez, su carácter integral de músico y dibujante, de poeta y dramaturgo, de orador académico y divulgador, no rehuyó a los llamados que desde fuera de su universo literario y mágico venían. “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas, y meterse en el fango hasta la cintura para buscar las azucenas”. Así hablaba Federico ante Luis Bagaría, famoso ilustrador y periodista del diario madrileño El Sol. Corría el año 1936, y el momento de España y del mundo hacía que sólo el más mezquino narcisismo evadiera a cualquiera, hombre de a pie o artista, de los sucesos que se desplegaban. El Frente Popular se hallaba flamantemente en el gobierno e insinuaba algunas reformas. La derecha se agazapaba para dar el golpe. Italia y Alemania, con Mussolini y Hitler, aguardaban con interés y miedo el futuro de la burguesía española y su representación en las agrupaciones derechistas. La revolución soviética de octubre era mucho más que un fantasma, y Europa tal vez le quedase chica. Para ese tiempo, Lorca escribía, pero también firmaba manifiestos: como el que encabezó con su nombre y leyó en el homenaje a Rafael Alberti y María Teresa León en febrero del ’36, días antes de las elecciones en que triunfaría el Frente Popular al que adhirió; como otros documentos de los Amigos de la Unión Soviética, entre los que se encontraba; como varios llamamientos antifascistas de escritores e intelectuales contra la prepotencia de Italia en Etiopía y de Alemania en su propio suelo. Lorca firmaba manifiestos, pero también escribía: sin transitar por la literatura testimonial, luchaba desde su obra contra lo arcaico y primitivo de esa España que pugnaba por zafarse del oscurantismo, la tradición opresora, el machismo secular, la represión sexual. Eran esos los tiempos en que Lorca vivió y escribió.
Eran tiempos convulsionados, donde la indiferencia y la complicidad se parecían, como siempre. O tal vez más.[2] 

V
En la década del ’30 Granada es una ciudad no muy grande. La provincia tampoco lo es, y a decir verdad, España no se diferencia del todo en eso. Algunos sacudones parecen agitar los pilares ancestrales de esas tierras. Rebeliones obreras, de campesinos y mineros. El eco de Casas Viejas y el de Asturias martillan todavía. Se ven aún las trazas de la experiencia inconclusa y con serios límites de la República del ’31. Un hombre entre muchos se pasea por Granada. No es poeta. Es diputado. Es ex obrero tipógrafo, y con nulo interés de volver a serlo. Obnubilado por un ascenso individual, y con una sed particular de protagonismo, este dirigente esparce tinta, pero ahora como autor de artículos y arengas. Miembro de la agrupación derechista y católica Acción Obrerista, mezcla una prédica de exaltación de lo proletario con una verba desvergonzadamente anticomunista. “Cuando se desencadenó la tempestad sobre nuestra querida España y el marxismo atracó las conciencias proletarias…” dice evitando equívocos sobre su posición en el inicio de una de sus habituales diatribas. Y en el final de ese mismo artículo, para aclarar eventuales dudas, llama a los socialistas “sanguijuelas  que chupan la sangre noble de los trabajadores”. Como es lógico hacer con las sanguijuelas, reclama que éstas sean extirpadas. El vehículo de diseminación de sus estrafalarios y agresivos ensayos es el diario católico Ideal, en Granada. Alguna vez este diputado había ingresado como obrero en los talleres de su casa matriz, el diario nacional El Debate. Pronto, a base de una ausencia de escrúpulos con la que suplía la falta de talento, se halló escribiendo editoriales para la derecha fanático-religiosa del sur de España. Este hombre, que escaló luego de plumífero a diputado, se pasea ahora por las calles de Granada desperdigando su odio a los “rojos” y su rencor hacia la República. Sus fanáticas alocuciones son objeto de risa en Granada: los intelectuales y muchos obreros, incluso hasta dirigentes de la derecha misma, se burlarán más de una vez de este personaje. Ahí va el “obrero amaestrado”, dirán de él, reduciéndolo a mascota. Acontecimientos posteriores harán alejar su nombre de cualquier humorismo. Ramón Ruiz Alonso se llama; el que fue obrero, y decidió dejar de serlo. El que fue periodista, o mejor, editorialista a sueldo. El que ahora es diputado. El que nunca fue poeta. El que escribe cuartillas contra los mineros presos o fusilados en la rebelión de Asturias. El que se verá involucrado en combates callejeros contra los trabajadores de izquierda. El que tendrá en su haber, nada menos, que ser partícipe del crimen de un poeta.[3]

VI
Es 1936. Es febrero, día 9. Es domingo, pero no se descansa. Falta una semana para los comicios. Esa noche, el poeta dará su discurso en apoyo al Frente Popular. El ex obrero tipógrafo tampoco descansa: esa mañana presidirá un acto de la C.E.D.A. (Confederación Española de Derechas Autónomas), expresión electoral de la reacción nacional-católica a la cual adscribía. José María Gil Robles, líder de la coalición hablará en un teatro madrileño. Su voz se replicará por radio hacia otros cines y teatros en esa ciudad y en otras tantas. Uno de esos actos encontrará a Ramón Ruiz Alonso siendo telonero de la voz del Jefe, como solía llamarlo y nombrarlo por escrito; así, con mayúsculas. En el capitalino cine Goya, Ruiz Alonso presentaba la voz de Gil Robles reclamando atención: “¡Españoles! Os va a hablar el Jefe. Él tiene un programa para salvar del caos a esta España que se nos resquebraja y hunde”. Y pedía a la concurrencia que elevara los ojos “a las alturas” para contemplar “el espectáculo que os dan vuestros dirigentes”. Este ex obrero no vacila en deshacerse en alabanzas a sus líderes. Lo inspira el fanatismo, pero no menos la ambición. Había perdido recientemente su banca como diputado ante la disolución de las Cortes en una de las últimas medidas del gobierno derechista de 1933-1935. Por eso hace campaña para renovar su condición de legislador en los nuevos comicios y mantener su renta como tal. Es bien conocida su capacidad de maniobra para acomodarse en el ámbito político. Esa actitud lo llevó, dentro de las derechas siempre, a pasarse de partido más de una vez y a coquetear con Falange, deshaciendo acuerdos anteriores con la C.E.D.A. en beneficio propio. Ahora es febrero, y Ruiz Alonso recorre en campaña Granada, finalmente como candidato de Gil Robles. Va en busca de una banca para impedir el avance rojo de la anti-España; pero también en busca de un sueldo, ése que le evite volver a ser un obrero como aquellos a quienes dice defender del “peligro marxista”.[4]
 
VII
El poeta se halla en Madrid. La tensión que se vive no impide la reunión, y en su casa, Pablo Neruda anima la velada. El clima político no es promisorio. Se habla con cierta preocupación sobre lo que pueda pasar. El golpe es inminente, y el vacilante gobierno republicano no lo ve, o no quiere verlo. Al triunfo electoral del Frente Popular por casi un millón de votos, lo había sucedido el fervor de las masas, pero también una ola conspirativa del fascismo español que no se molestaba en ocultarse. Es primavera aún, y mientras Federico cena con amigos en Madrid, Radio Valencia es asaltada por un comando falangista que a viva voz anuncia una inminente “revolución fascista”. Esa noche, el poeta no hace brillar en su semblante la gracia habitual. No entretendrá a la concurrencia con el piano. Algo elucubra; algo murmura. “Volveré a Granada”, le escuchan decir. Es 11 de junio. Dos días después se subirá a un tren en viaje definitivo hacia su ciudad natal. El retorno de Lorca no pasa desapercibido. La primera plana del diario liberal El defensor de Granada lo anunciará al día siguiente en su portada. La mañana del 14 de junio Federico llega, y se instala en la Huerta de San Vicente, propiedad y hogar de la familia. Este hijo dilecto de Granada, famoso por entonces, acaparaba odios y cariños en su suelo. Su reconocimiento era masivo en España y en América Latina, en especial en Buenos Aires y México. En su tierra, como es de esperar, la reacción y el conservadurismo lo aborrecen. Un poeta delicado, un adherente a La República, un homosexual… Cualquiera de estas acusaciones, por sí misma, alcanzaría para acreditar la condición de indeseable ante cierta España pueblerina y añeja. La sumatoria resulta intolerable. Pero el encono entre esa España vetusta y el poeta es recíproco. En una entrevista, Federico ha dicho recientemente que en Granada, aquella que hace cinco siglos expulsó a los moros y aún lo festeja, “se agita actualmente la peor burguesía de España”. En esa Granada el poeta descansa ahora, en la casa familiar, creyéndose más seguro allí ante la inminencia del golpe fascista. El 18 de julio era su santo, San Federico, y lo quería pasar, pese a todo, con los suyos. La peor burguesía de España tenía planes bien diferentes a los festejos familiares. Tardaría unos días en llevarlos del papel a los hechos. La peor burguesía de España pronto confirmaría serlo.[5]
           
            VIII
Lorca sigue en Granada; por ahora, escribiendo y descansando. Ha terminado recientemente el manuscrito de una pieza teatral, La casa de Bernarda Alba. En ella se plasma un clima de cerrazón, misoginia y represión, padecido en la trama mayormente por la joven protagonista, y en la realidad de pueblo chico, por cualquiera de las mujeres; todo delante de un trasfondo teatral de propietarios en decadencia. Los apellidos y nombres de esa obra tenían, para indignación de los locales, referentes reales en Granada: los Alba eran vecinos, y peor aún, parte lejana de la familia Lorca. Si bien la obra no se ajustaba al género biográfico, aquellas alusiones habían trascendido prometiendo escandalizar a los afectados. Pero en Granada no sólo está el poeta con su obra. Recorre la ciudad también un ex obrero. Ruiz Alonso ha regresado allí unos días antes que Federico como parte de los preparativos de la sublevación militar. Mientras el poeta trabaja sobre los que serán sus últimos papeles, Ramón Ruiz Alonso y dos laderos se preparan con sigilo de alimaña para entrar fugazmente en esta historia.

IX
Es San Federico; es 18. Pero fundamentalmente, es el golpe. Las vacilaciones de La República hacen que la sublevación fascista sea una novedad sólo para algunos de sus funcionarios. En Granada, el General republicano Miguel Campins, que se oponía a amar a las organizaciones de izquierda y consideraba fieles a los miembros de su escolta, es arrestado por ella y fusilado en Sevilla por orden de Queipo de Llano. Similar destino corrían ya decenas de andaluces, que pronto serían cientos, y en meses, miles. Intelectuales, obreros, concejales son detenidos por igual. Uno de ellos es el alcalde de Granada, el socialista Manuel Fernández Montesinos. Es además esposo de Concepción García Lorca, la hermana del poeta. El régimen del terror que se había impuesto con rapidez en el sur de España, en tres años acabaría con más de cinco mil granadinos en base a “paseos” y paredones. El “nuevo orden” de Falange y la derecha había llegado. El poeta está aterrado. A las noticias de los crímenes que militares y grupos de apoyo civiles van perpetrando, se suma un llamado telefónico que ha instalado en la Huerta de San Vicente un augurio funesto. Un amigo le ha advertido a Federico que corre serio peligro. En cuestión de horas, el rumor es confirmado por la visita de una milicia falangista que requisará la casa. El operativo es temerario: lo dirige el capitán Manuel Rojas Feigenspán, conocido fusilador de obreros. La presunción de delito es delirante: se sospecha del poeta por ocultar un radio clandestina para mantener contacto con la Unión Soviética. La escuadra se va con las manos vacías en esta ocasión. De todos modos, el poeta sabe ya que se halla en la mira. Se debatirá entre huir de allí, con el riesgo que ello implica si es descubierto, y quedarse. Hará esto último.

      X
Es habitual la lectura que busca analogías entre esta historia y la de las tragedias clásicas: el héroe que intenta huir de un destino, y no hace más que acercarse a él con cada paso. Lorca va desde Madrid, última ciudad en caer en manos de los Nacionales, hacia Granada, una de las primeras en ser tomadas. El enemigo lo acecha, y no huye. Las premoniciones anteriores parecían haberlo traicionado. Pero el presentimiento de una nueva visita de los falangistas en la Huerta, no; y da paso a la certeza. Tres días después de la primera visita, un nuevo grupo de choque vuelve, y no sólo a inspeccionar el lugar. Los hombres llegan (entran a los empujones e insultan a los presentes). Los hombres exhiben armas (como es habitual en estos días de impunidad derechista). Los hombres muestran coraje (ellos son doce, y es fácil amedrentar a los interrogados). En esta nueva escuadra están los hermanos Roldán, primos lejanos del poeta. Se mostrarán igualmente fanáticos y violentos que el resto. El grupo busca a unos familiares de los caseros que trabajan allí, no al poeta. Pero no dudarán al verlo. Algunos se entretendrán con él. Lo empujarán. “Maricón”, le gritarán con odio y con desprecio, con un insulto de los peores que ellos conciben en su España tan viril, y en su patota tan marcial. Le darán unos golpes, lo humillarán delante de los suyos. Antes de irse, prometerán volver por él. Con eso se contentarán por ahora. En la casa han dejado un tendal y una amenaza. El poeta no puede seguir allí. Trata de pensar con frialdad, y no lo logra. Debe salvar el pellejo; de eso se trata. Otra vez pensará y descartará fatalmente la posibilidad de pasar a zona republicana. Pensará en acudir a un amigo. Lo llamará. Luis Rosales es poeta. Dos de sus hermanos, José y Miguel, son antiguos falangistas; también Luis lo es, aunque recién llegado, y –dicen- menos por convicción que por sentido de la oportunidad. Tal vez los Rosales sean un último recurso. Luis Rosales lo ayudará: no duda en llevar a Federico a su casa y mantenerlo oculto allí. Han sido horas agitadas. Es nueve de agosto, y el poeta se despide de la Huerta y de los suyos por última vez.

XI
Un terrateniente, un ingeniero, un ex diputado ultracatólico. Tres miembros civiles voluntariamente encuadrados en un grupo de choque. El terrateniente, Luis Trescastro Medina, reconocido señorito tan adinerado como machista y bravucón. El ingeniero, Luis García Alix Fernández, además abogado, además derechista fanático. El tercero, Ramón Ruiz Alonso. Los tres habían sido miembros de la C.E.D.A.. Ahora los tres caminan por la ciudad como viejos falangistas: luciendo sus emblemas, alguno; portando armas, otro. Los tres, olvidando pasadas diferencias orgánicas y, sobre todo, ansiando congraciarse con las nuevas autoridades de Falange, facción que se viene imponiendo dentro del campo Nacional. Los tres se detienen en la puerta de una casa céntrica, apenas a unas cuadras de la gobernación. (“Los caballos negros son./Las herraduras son negras./Sobre las capas relucen/manchas de tinta y de cera”). No son los únicos en esa calle. Otros más vienen cerca, escoltándolos. (“Tienen, por eso no lloran,/de plomo las calaveras./Con el alma de charol/vienen por la carretera”). La calle está repleta de soldados con el arma desenfundada. Los hay de a pie, en un carro, en las azoteas vecinas; los hay soldados, colaboradores, guardias civiles. (“Jorobados y nocturnos,/por donde animan ordenan/silencios de goma oscura/y miedos de fina arena”). Tres golpearán la puerta; no la derribarán por ser la casa de un falangista, y uno superior en rango. Parlamentarán con una mujer, única de la familia en la casa.
Esperanza Rosales Camacho, madre de Luis Rosales, los atenderá y demorará todo lo posible. El operativo es digno de un enemigo que posee un gran poderío de fuego. Quien está dentro es un simple poeta, que ahora siente el abismo de la muerte; que tras las cortinas vislumbra a esa muerte a la que algunas veces le cantó, y ahora lo espera. La señora Rosales parlamentará con los tres que parecen dirigir el operativo. Ellos piden que entregue a Federico. El comandante Valdés Guzmán, gobernador civil de facto, emitió la orden de detención. Alguien había denunciado al poeta. La peor burguesía de España tenía una estrecha mente pueblerina, un acentuado fanatismo religioso, pero también un minucioso sentido de revancha. Horas después, horas que gana la familia Rosales en negociaciones que no prosperan del todo, Ramón Ruiz Alonso, el ex obrero, junto a dos que lo secundan, y otros más que se han sumado a la cacería, partirán de esa casa rumbo a la gobernación con el poeta prisionero. (“¡Oh ciudad de los gitanos!/La Guardia Civil se aleja/por un túnel de silencio/mientras las llamas te cercan”).[6]

XII
Es de noche. Día 16 de agosto. Son horas de negociaciones en la gobernación. Se peticiona para que se deje libre al poeta; pero no solamente eso se pide. Pesaba una acusación algo disparatada, probablemente una simple excusa para ajustar cuentas. Pero un disparate, proviniendo del falangismo en el poder, podía acarrear complicaciones severas. Se acusa a Lorca no sólo de ser un poeta “rojo”, sino también “enlace de los rusos”; a los Rosales, de dar refugio, a un espía. En la sede de la gobernación, ese supuesto agente de Moscú que se llama Federico, se halla en su celda, temeroso y abatido. El mismo Ruiz Alonso le había prometido llevarlo para que solamente le realicen “unas preguntas”, asegurándole que no le pasaría nada. El operativo montado para detenerlo desmentía esa promesa, y Lorca no lo ignoraba. Pero, ¿quién y por qué lo había denunciado? Un vecino de los Rosales, Jesús Casas Fernández, militante reaccionario, en este caso había oficiado como informante amateur. Pero además y por sobre él estaban los datos arrancados a la hermana del poeta ese mismo día: por la mañana una escuadra de Falange había estado en la Huerta, esta vez sí buscando a Federico. Su familia y sus objetos recibieron los malos tratos. Ante la amenaza de llevarse prisionero al padre de Federico como revancha, alguien en la casa habla. Su hermana Concepción, cuyo esposo había sido fusilado esa misma mañana, se interpuso, y confesó que su hermano se hallaba escondido en casa de un poeta amigo. No tardó la escuadra en averiguar dónde exactamente. Pero esto, de por sí, no explica el ensañamiento y la persecución. Había algo más. Tal vez para adquirir relevancia dentro de la sublevación; tal vez para hacer méritos ante el nuevo gobernador, Valdés Guzmán; tal vez para ascender dentro de Falange deshaciéndose de los hermanos Rosales… Por cualquiera de estos motivos, quien había presentado una denuncia escrita en la que se acusaba a Lorca no sólo de comunista, sino que se deslizaba la absurda idea del espionaje, era el ex obrero. Seguro de sí, confiado de una pronta recompensa por su actitud servicial, Ramón Ruiz Alonso marcha ahora jactancioso por las calles de Granada, con el orgullo estúpido de ser quien denunció y detuvo a Federico García Lorca.    

XIII
El día no parece terminarse en el encierro. Y tal vez sea mejor que no anochezca. El que está preso es el poeta. Piensa que tal vez haya una chance, una última jugada. Y tal vez la haya. Afuera los Rosales se mueven. Es un hecho: uno de ellos, José, ha logrado unos papeles y un aval de peso. Por una parte, un documento que hacía las veces de descargo para su familia por haber escondido a Federico; por otra, un salvoconducto para el poeta. José Rosales lleva en sus manos hacia la Gobernación Civil una orden escrita y firmada por el gobernador militar de Granada, Antonio Gonzáles Espinosa, autorizando la libertad de Lorca. Llegará con ella a destino. El gobernador civil, comandante Valdés Guzmán lo recibe. Pero le comunica que es demasiado tarde: el poeta ya ha sido fusilado.
Arriba, Federico todavía sigue en su celda, mientras, sin que lo sepa exactamente, se malogra su última baraja. Su familia enviará más tarde a una criada con algo de comida. Ella sí lo verá, y lo encontrará muy desmejorado. (“Todas las tardes en Granada,/todas las tardes se muere un niño”). El que está preso es el poeta; el que ha mentido es el comandante. (“Los muertos llevan alas de musgo./El viento nublado y el viento limpio/son dos faisanes que vuelan por las torres/y el día es un muchacho herido”). La noche es calurosa y tal vez de luna. La noche no se termina nunca, ni siquiera cuando un coche se detiene en la puerta. (“No quedaba en el aire ni una brizna de alondra/cuando yo te encontré por las grutas del vino…”). Subirán en él al poeta, rumbo a un descampado. (“No quedaba en la tierra ni una miga de nube/cuando te ahogabas por el río.”). El poeta y la noche se van juntos en un auto. Así de simple. Y el que lo ha denunciado es un vecino; el que lo ha detenido, un ex obrero; el que ha dado la orden, el comandante. El que será fusilado es el poeta.[7]

XIV
Un hombre entra exaltado al bar Pasaje. Es de mañana. Entra y echa voces, grita alguna cosa. La concurrencia lo mira, y era ése su objetivo. Se hace silencio. Ahora se escucha mejor. El hombre repite lo dicho ante algunas miradas de espanto y otros ojos que buscan el piso. “Acabamos de matar a Federico García Lorca. Yo le metí dos tiros en el culo por maricón”. Luis Trescastro Medina saldrá de ese bar, y repetirá, impune, esa escena en otros lugares más de Granada. “Las gargantas de los traidores serán ahogadas en su misma sangre. Pide paso la Nueva España”, diría por radio unas horas después Ramón Ruiz Alonso. Los dos dicen cosas absurdas, pero tal vez ninguno de los dos está mintiendo del todo, porque Granada es la que se ha vuelto absurda. Era 18 de agosto, por la mañana. Con el consentimiento expreso de Queipo de Llano, esa madrugada un grupo mixto de civiles y militares había fusilado, previos golpes y humillaciones, a cuatro personas. En las afueras de Granada, en algún lugar entre Víznar y Alfacar, yacían tirados al sol, aún sin sepultura y a la vera del camino, los cadáveres de un maestro de escuela, dos banderilleros y un poeta.[8]

      XV
Un manojo de voces se congrega a un lado del sendero, en algún punto del camino entre los pueblos de Víznar y Alfacar. El lugar es incierto. También las voces. Voces que replican versos de un argentino que, se sabe, blindó la rosa (“¡Qué muerte enamorada de su muerte!/Habitado en violeta y en jacinto…”); versos de un chileno que compartió con él nocturnos vinos, y que pasan como un soplido triste (“…ante el río de la muerte lloras/abandonadamente, heridamente…”). Pero también la voz de bronce de un poeta soldado, duro campesino; la voz de un Miguel curtido que se resquebraja y queda ronca por un instante (“Como si paseara con tu sombra,/paseo con la mía/por un desierto que el silencio alfombra,/que el ciprés apetece más sombría”). Voces como espectros entre Víznar y Alfacar. Ecos superpuestos. Voces de Antonio que recordará de manera inmortal que el crimen fue en Granada. De Rafael que llorará al poeta que no tuvo su muerte. Una visita onírica, como desgajada de su romancero. No el llanto de las tías y las flores dominicales; las flores se marchitan antes que los versos, y además, hay que tener dónde depositarlas.
Versos. Tan sólo versos que lo lamentan en su final y lo exaltan en su vida y en su obra de poeta. Voces que aún resuenan en el aire de Granada, en ese gran cementerio sin lápidas ni cruces que pobló el franquismo, en el camino entre Víznar y Alfacar[9].

XVI
La historia llega al final, donde empezaba. Con un poeta asesinado. El nombre de Ruiz Alonso es casi un eco indescifrable en esta historia; un ruido sordo. En cualquier evocación que lo retire momentáneamente del anonimato, tal vez en ésta, pugna la justeza por que permanezca ignorado, contra la curiosidad de sacarlo de ese pozo para examinarlo. Pero en toda evocación del poeta en donde Ruiz Alonso se entrometa, inevitablemente su nombre tenderá a ubicarse, contiguo o sobreimpreso, a otras palabras como “crimen”, o “asesinato”, o “estupidez”, o una equilibrada combinación de todas ellas. Probablemente la suya sea otra historia más de un insignificante buscador de progreso individual. Tan sólo eso; en su derrotero posterior en la triunfante España franquista, siempre estuvo relegado a lugares de poca monta. Pero a diferencia de tantas, su fallida escalada se produjo dentro de una aceitada maquinaria del homicidio. Por agosto del ’36, justificando la necesidad de la detención de Lorca, testigos escucharon por entonces en boca de Ruiz Alonso: “…ha hecho más daño con su pluma que otros con sus pistolas”. Quizás en eso no estuviese del todo errado. La poesía, cuando es verdadera, nunca es inocua. Y Lorca era nada menos que un poeta.
Según dicen entendidos, Federico García Lorca es el poeta español contemporáneo más leído en todo el mundo. Nadie le dedicará a Ruiz Alonso una elegía, ni bautizarán con su nombre ninguna escuela. Ni una sola de las líneas que escribió será recordada sino por su ridícula extravagancia y su fanatismo. Sin embargo, el crimen del poeta, en el cual él incidió activamente, quedó impune. Queda, al menos, la justicia histórica. Y fundamentalmente queda, sobreviviente y victoriosa, la poesía.


[1] Cita del manifiesto “Los intelectuales, con el Bloque Popular”; en Ian Gibson, El asesinato de García Lorca; 1997.
[2] Poema citado: fragmento de “Romance sonámbulo”, de F.G.L. Entrevista citada, 10/06/1936, Diario El Sol; en Ian Gibson, El hombre que detuvo a García Lorca; 2007.
[3] Artículo publicado en el diario Ideal, 15/10/1933; Ibid. 2007
[4] Ibid.
[5] En el diario El Sol, artículo citado. Ibid.
[6] Poema intercalado: fragmentos de “Romance de la Guardia Civil Española”, de F.G.L.
[7] Poema intercalado: fragmentos de “Gacela del niño muerto”, de F.G.L.
[8] Testimonio citado en Ian Gibson; Ibid; 2007.
[9] Fragmentos citados de los poemas: “Muerte del poeta”, de Raúl González Tuñón; “Oda a Federico García Lorca”, de Pablo Neruda; “Elegía primera”, de Miguel Hernández.

Otra bibliografía consultada: Claude Couffon; Granada y García Lorca, 1962.
Iris Zavala y otros; Historia Social de la Literatura Española; 1983.
Miguel Caballero y Pilar Góngora; Historia de una familia. La verdad sobre el asesinato de García Lorca; 2008.

 

visitas